Archivo mensual para Junio, 2008

Ouroboros

Ah, por la mierda. La misma historia de siempre. Que Josés Arcadios, que Aurelianos, que Nietzsches y que Fabianes… it’s been always the same old shit.

¿Vida de retribuciones y merecimientos? My ass!! Por eso es que después no me dan ni ganas de esforzarme.

¿Diversificar riesgos o creer en la inversión inicial? Pico pa’ los costos hundidos.

Me gustaría descubrir cómo finalmente romper el ciclo eterno, aunque deje la cagada cósmica y un cachito más. Pero si ni Marx pudo, ¿why the fuck debería averiguarlo yo?

Puta dialéctica.

¡ARGH!

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¿Pa’ dónde va la micro?

Pasa que finalmente tuve lo que quería. Pasa que soy hombre. Pasa que la conducta normal en estos momentos es la de macho alfa. Pasa que soy el hombre más reticente a las conductas de macho alfa que conozco. Pasa que además de eso, soy un maskón. Pasa que la incertidumbre encanta y me mata. Pasa que no hay mucho que pueda hacer al respecto y pasa que no encuentro mejor cosa que venir y publicar esto en el blog.

¡Argh!

Escucho a Enchant y respiro hondo, sin realmente saber pa’ dónde va la micro. A la deriva en mala pero ¡hey! ¡Estoy mucho mejor que antes! Es esto de las expectativas e inseguridades lo que lo vuelven loco a uno. Probablemente más las segundas que las primeras. Y entonces me pregunto… WTF?

Y yo que ilusamente pensé que la pega ya estaba hecha…

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Paseo Ahumada

Caminar junto a su madre de la mano por el, hasta ese entonces, divertido Paseo Ahumada había sido esperado toda la semana. Todas las noches durmiéndose temprano y comiéndose toda su comida habían valido la pena. Las tiendas parecían acabarse nunca y vendían lo que se pudiera imaginar. La gente pasaba sin cesar por aquella populosa y angosta calle, todos con una cara distinta, no había un patrón de repetición como en los monitos de la tele, en los que siempre la gente en los tumultos pareciera ser la misma. No, esto era de verdad. Ella tenía buena memoria, siempre le alabaron eso las tías del colegio, por eso estaba segura de haber visto a miles de personas aquella mañana y a pesar de eso, ninguna se repetía sin importar cuánto tratara de encontrarles algún parecido. Todos desconocidos, todos mundos por conocer.

Tenía fama de hacer amigos muy fácil, a pesar de sus cortos seis años. Era la más risueña de la clase y todos querían estar junto a ella. Por donde se paseara llamaba la atención de la gente, una niña de esas que cualquiera quisiera tener por hijas… cualquiera. Por eso fue que aquel hombre le regaló esa sonrisa, por eso que le ofreció un helado mientras su mamita compraba un par de zapatos nuevos para la fiesta de la noche siguente, por eso que le ofreció su mano y… por eso es que se encontraba ahora en ese cuarto oscuro y húmedo, deseando haber sido una niña mala para nunca haber conocido el divertido Paseo Ahumada.

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Fe inquebrantable

El dolor ahoga las entrañas, las aprieta hasta la demencia. Seguir avanzando es prolongar la agonía. Retroceder sería volver a las migajas, debilidad. Permanecer es aguardar por el golpe final. Triunfar es improbable, sería casi milagroso, más aún cuando se sabe solo en la pelea. Pero también sabe que la derrota será peor castigo que la más dura de las torturas.

Un orgullo férreo le nubla la mirada, ni las más estremecedoras escenas alrededor logran conmoverlo. Su propósito está escrito y no ha de voltear hasta perpetuarlo, o al menos hasta desaparecer en el intento. Uno a uno ve caer a sus compañeros, abatidos ante una muralla absolutamente infranqueable. Miró hacia atrás, vio a uno sólo en pie, al último de todos, maltercho, alentándolo. Luego notó a ocho agonizantes en el camino y a uno más a su lado, siendo demolido por las hordas enemigas. Si antes se sintió solo en la batalla, ahora lo tiene claro, lo acepta y éso le da más fuerzas para seguir adelante. Es el único…

Tomó su preciada carga y la condujo con una fe inquebrantable a través del mar de desconocidos que buscaban destruirle. Uno tras otro caían al suelo, sin aliento. Unos quedaban con los ojos en el cielo, en blanco. Otros, en cambio, miraban la tierra pidiendo silencioso perdón a sus seres amados, sintiéndose culpables de la caída de su patria, esperando la muerte.

Hasta que sólo quedó uno por delante…

Aquel hombre, de una altura descomunal, tocó el piso con su enorme mano haciendo el gesto “aquí terminarás, enterrado”; pero el hombre que venía hacia él ya ni siquiera pensaba, sólo continuaba su embestida y pretendía terminarla.

Y entonces todo se detuvo…

Alzó la mirada, se supo triunfante, luego observó su preciado bulto… y disparó…

“Pitazo final, señoras y señores” -agregó el locutor- “y con este soberbio gol, digno de Diego Armando, este jugadorazo le regala la victoria y la copa al equipo que lo vio nacer, en su tierra”.

Llantos por doquier, pero de felicidad. Ahora podía descansar en paz.

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