Entonces recibió la llamada. Miró el número y en vez de colgar, como siempre hacía ante las interrupciones, siguió observando la pantalla de su móvil por un par de segundos. Tras contestar, apenas supo la importancia de aquello, se levantó y desapareció de la vista de su más-que-amigo. Aunque no era alguien conocido por su inteligencia, él notó con claridad que no debía seguirla: si él estuviese considerado en los planes, ella no se habría alejado. Todo lo que quedó en el cuarto fue él, un platillo con migajas, un documental a medio mirar y las perfectas formas de la mujer impresas en el negro sillón, infinitamente distantes ahora.
—Amelia, piénsalo muy bien —rogó Felipe, sin mucha esperanza. —Después de esto, ya nada será igual.
—¿Crees que no lo sé? Todo lo que haces es hablar de ello —respondió ella, ofuscada. —La razón por la que nunca quise un compromiso contigo fue precisamente para evitar numeritos como el de ahora. Si no me ayudarás, agradecería que dejaras de incomodar.
—Siempre con tu soberbia. Conociéndote, preferirás…
—Si me conocieras tanto como crees, sabrías que necesito que te vayas —Interrumpió Amelia secamente. Quedó finalmente sola.
Felipe no supo qué dijo la llamada, Amelia no quiso contarlo: explicar habría roto el contrato. No había cosa alguna que él pudiera hacer para convencerla ahora, ni aunque intentara —como efectivamente deseaba— poder bajar el cielo para ella. Tras esa noche, Felipe nunca más volvió a la casa de su más-que-amiga, principalmente porque a estas alturas era ya menos-que-amiga. A ratos se preguntaba cómo habría sido la vida con ella, pero gracias a un par de copas milagrosas, pronto lo olvidaba.
Amelia nunca extrañó a Felipe, menos después de la llamada. Hubo más Felipes, así como también hubo Franciscos, Alejandros y muchos otros a los que les pasó igual. El juego era el siguiente: se permitiría el adulterio mientras el cónyuge no lo supiera. Si lo descubriese, éste debía acabar de inmediato. Como jugadores honorables, ambos seguían el contrato al pie de la letra.
Foto: Alex Barth (cc).

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