Entonces recibió la llamada. Miró el número y en vez de colgar, como siempre hacía ante las interrupciones, siguió observando la pantalla de su móvil por un par de segundos. Tras contestar, apenas supo la importancia de aquello, se levantó y desapareció de la vista de su más-que-amigo. Aunque no era alguien conocido por su inteligencia, él notó con claridad que no debía seguirla: si él estuviese considerado en los planes, ella no se habría alejado. Todo lo que quedó en el cuarto fue él, un platillo con migajas, un documental a medio mirar y las perfectas formas de la mujer impresas en el negro sillón, infinitamente distantes ahora.
Seguir leyendo “El contrato”

Últimos Comentarios