Hay tres fuerzas, en la tierra, únicamente tres fuerzas que pueden vencer y cautivar por los siglos de los siglos las consciencias de estos canijos rebeldes, por su propia felicidad, y estas fuerzas son: el milagro, el misterio y la autoridad. Tú rechazaste el primero, el segundo y la tercera; diste, así, el ejemplo.[1]
El fragmento anterior, parte de «El Gran Inquisidor» de Fiodor Dostoievski, es de particular importancia para los fines de este ensayo. El Gran Inquisidor, representación del príncipe temido por sus súbditos y caudillo pastor de almas, se enfrenta al Mesías durante su segunda venida a la Tierra. Le reprocha su falta de autoridad, culpándole por la infelicidad derivada de la libertad humana, pues Él decidió nuestro destino basándose en sus convicciones, sin pensar en las consecuencias de sus actos.
En el presente ensayo será expuesto y analizado el papel de Nicolás Maquiavelo como figura clave del pensamiento político moderno, al romper con la tradición y separar la moral de la política en «El príncipe», y será establecida una relación directa entre su príncipe y el caudillo descrito por Max Weber en su trabajo «La política como vocación», cuatro siglos después. A pesar de que para los autores el político verdadero debe actuar ajeno a la moral imperante, ambos son claros en que sí hay un conjunto de reglas que tanto el príncipe -para el italiano- como el caudillo -para el alemán- han de seguir, conformando así una ética específica que regulará el accionar del «conductor de hombres». Este ensayo es, entonces, una reflexión acerca de si el ejercicio del poder debe o no ser independiente de los juicios morales, estableciendo la responsabilidad política como la clave de la legitimidad o invalidez de esta independencia.
[1] Dostoievski, Fiodor (1987): «El Gran Inquisidor». En F. Dostoievski,
Los hermanos Karamázov. Madrid: Cátedra. p. 411
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