
Como nunca, creo, he estado ocupado. Han sido largas semanas de lectura, creación de textos, edición, viajes cortos y mucha paciencia. Al parecer sí, la universidad se va poniendo más exigente en la medida de que pasa el tiempo; va quedando poco espacio para hacer cosas entretenidas fuera de ahí. Afortunadamente me encanta lo que estudio, así que no es tan problemático, al menos.
Dentro de todo el estrés —con el que hasta me agripé— me di el tiempo de arreglar varias cosas que tenía pendientes hace rato. Primero que todo, actualicé este blog en cuanto a su estética y organización, porque ya estaba bueno de que dejara de tenerlo botado. Segundo —y más importante—, le di un vuelco a cómo se estaba llevando mi querido DILO.cl.
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Mucho se habla acerca de la educación superior hoy en día. Los altos aranceles de los planteles chilenos son el tema principal a la hora de poner a las casas de estudio en la discusión diaria. Una vez al año también hablamos del poco acceso de los estudiantes de colegios públicos a las carreras más deseadas y del mal indicador que resulta la Prueba de Selección Universitaria en el momento de decidir el futuro de un joven. Es decir, los temas más recurrentes coinciden con los más importantes de la sociedad de consumo actual: dinero e igualdad de oportunidades.
Es poco loable ignorar la problemática recién expuesta, pero creo necesario ir más allá y mencionar un lugar común en la gran mayoría de las universidades chilenas, tanto en las que forman parte del sacrosanto Consejo de Rectores como las que no. Me refiero a la deficiente formación universal que el alumnado recibe, marginando a jóvenes potencialmente creativos a los paradigmas propios de la carrera que hayan decidido estudiar. Así nos encontramos a diario con economistas que no tienen idea de las consecuencias que conlleva que un hijo crezca sin la figura de su madre, ingenieros que no podrían redactar una carta, periodistas que creen que Platón descubrió el amor, suma y sigue.
En una época en que la división de las tareas productivas ha reducido al máximo las posibilidades creativas humanas, resulta especialmente importante que las universidades tomen las riendas del problema y generen profesionales con una visión que trascienda su campo de especialidad. Tal vez no sea posible llenarnos de humanistas como los del Renacimiento, que eran tan artistas como científicos, pero sí resultaría provechoso para la sociedad completa que las personas que hayan pasado por sus aulas puedan ver a través de más de un prisma. ¿Qué hay de malo con que un sicólogo sea también experto en biología? Si su dentista lee a Heidegger entre pacientes, ¿usted se asustaría? Sinceramente creo que al contrario, se alegraría por poder contar con un profesional tan completo y con tamaña curiosidad.
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